martes, 14 de agosto de 2012

El poder curativo del perdón


Por Rev. Roberto Sánchez
www.centrodecristianismopractico.com

Bendice, alma mía, a Jehová, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios.   Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias (Salmo 103:1-3)
Este mes hemos estado trabajando con el tema del perdón por la gran importancia que tiene éste para poder desarrollar una vida sana y pura en todos los aspectos. Un atleta se ocupa de establecer una rutina en su vida para practicar su deporte favorito. Incluido va el hacer ejercicio para mantener un cuerpo sano, fortalecido y capaz de enfrentar las demandas de la vida cotidiana. Muchas de las cuales requieren esfuerzo físico de nuestra parte.
De la misma manera pienso que los que queremos mantener un alma saludable y fortalecida en la Verdad tenemos que también hacer espacio en nuestras vidas para practicar el perdón.  Así como el atleta establece una rutina de ejercicios y practica tú y yo tenemos que establecer un hábito para perdonar y fortalecernos en la Verdad. ¿ Y qué es fortalecernos en la Verdad?  Es fortalecernos en Cristo, el Cristo divino y viviente que mora en cada uno de nosotros. Fortalecernos en Cristo, trae muchas ventajas a nuestra vida, nos sitúa en una posición distinta ante los acontecimientos de nuestras vidas porquecambia la manera en que vemos las cosas.

Cuando Jesús estaba en la cruz crucificado, pudo haber visto a aquellos que lo crucificaron como traidores, crueles y despiadados asesinos. Su mente carnal pudo haber pensado esto y mucho más; pero sin embargo, la mente de Cristo en Jesús los vio como ignorantes y le pidió a Su Padre que los perdonara porque no sabían lo que hacían.   Dios es ley y su ley de causa y efecto trae sobre nuestras vidas el justo pago por todo lo que hacemos. Fue por eso que Jesús dijo: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen.”
Jesús invocó la Ley de Gracia que siempre está por encima, por así decirlo, de la ley de causa y efecto, porque la gracia de Dios es el amor de Dios en acción sanando toda condición adversa en nuestras vidas.  De manera que cuando nos disponemos a perdonar, y hacemos un hábito de esto, le damos paso en nuestras almas para que fluya la gracia de Dios, esto es, el amor de Dios.  Te recuerdo una vez más la canción que dice: “por amor se han creado los hombres en la faz de la tierra”. El amor es la chispa de la creación, es lo que genera la vida.
 De la misma manera que el exceso de colesterol se deposita en el interior de las paredes de las arterias causando dificultades en la circulación y por consiguiente una serie de enfermedades en el cuerpo, la falta de perdón obstaculiza el fluir de la sustancia de vida y amor, trayendo todo tipo de enfermedades, condiciones y emociones adversas a nuestro mayor bien.
Bloquear el fluir del amor de Dios a través de nuestro cuerpo templo es algo muy serio que no solo nos perjudica según hemos visto, sino que sale como un veneno de nuestro cuerpo impregnando todo lo que nos rodea y todo aquello con lo que hacemos contacto.  Esta semana fue a almorzar a mi casa y como de costumbre encuentro a la trabajadora con el televisor prendido en el programa de Caso Cerrado de la Dra. Polo. Había una pareja joven y el esposo demandaba a su esposa pidiéndole el divorcio porque él alegaba que su esposa se había enamorado de otra persona.
La esposa no quería divorciarse, pero si la relación estaba irremediablemente rota, ella estaba dispuesta a cederle a su esposo todos los bienes, excepto un tigre de bengala que ellos dos tenían. El esposo le interesaba el tigre porque su trabajo giraba en torno a un espectáculo que el hacía con el tigre y esto le generaba muchos ingresos.  Llega el momento de la decisión del caso y la Dra. Los llama a ambos para que vayan y se paren frente a su escritorio, la cámara tomo “un close up” de ambos. Aunque ella estaba herida por toda esta situación por sus ojos solo salía un gran amor hacia su esposo.
De los ojos del esposo salía rabia y rencor pero pronto se vio como el poder del amor fue aplacando esta rabia y falta de perdón hasta que el la perdonó y ambos se abrazaron, desestimándose así la demanda de divorcio. Así de poderoso es el amor.
Nunca permitas que nada ni nadie obstaculice la circulación del amor de Dios en tu cuerpo templo. Y ciertamente el perdón es medicina para nuestros huesos y bienestar para todo nuestro cuerpo.   El perdón está íntimamente ligado con el proceso de renunciación.  En La Palabra Reveladora encontramos la definición de perdón. Dice y cito: “Proceso de renunciar a lo falso por lo verdadero; de borrar el pecado y el error de la mente y el cuerpo.” (LPR p. 177)
 Ahora te voy a hacer una pregunta fuerte; ¿quién eres tú para no perdonar? Si el Rey de Reyes, Señor de Señores perdonó, ciertamente eso es una dura lección para que tú y yo hagamos lo mismo.  Si quieres vivir una vida saludable ponte a hacer tu trabajo de cuerpo entero. No solo en la superficie sino de adentro hacia afuera eliminado y renunciando a todo tipo de intolerancia para permitir que la Verdad fluya a través de ti.  De la misma manera que el Padre nos dotó a cada uno de nosotros de mecanismos físicos de eliminación, el perdón es el mecanismo por medio del cual podemos eliminar las toxinas de nuestra alma. Y eliminando estas toxinas contribuimos a mantener un cuerpo sano y puro.
 Todos tenemos problemas y cada problema trae recuerdos a nuestra mente, sensaciones en nuestro cuerpo. Pero todos tenemos que crecer, seguir creciendo y liberarnos de nuestros problemas, nuestras ataduras y sanarnos.   Jesús sabía todo esto y por eso nos dijo: “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino”. (Mateo 5:25)
Nuestros adversarios son nuestros recuerdos de experiencias negativas, nuestros problemas, y la inmensa mayoría tienen que ver con las relaciones humanas. Por eso tenemos que sanar las relaciones, o mejor dicho hacer las paces.  Y el primer gran paso es perdonarnos a nosotros mismos y establecer las paces con nosotros mismos. Tenemos que dejar de juzgarnos por lo que hicimos o  por lo que no hicimos.  Cada vez que tenemos un recuerdo negativo volvemos a revivir la experiencia. Por ejemplo, digamos que cuando éramos niños tuvimos una experiencia en donde fuimos abusados.   Cada vez que yo revivo esa experiencia traigo con ella una serie de emociones y reacciones negativas es como rociarme con un veneno. Y todos sabemos que lo que pensamos tiene  un efecto en todo nuestro cuerpo.
Entonces cada vez que recuerdo esa experiencia lloro, sufro, no salgo, me deprimo. Y esto ocurre una y otra vez.  A diferencia del suceso, en el momento en que ocurrió, en donde hubo un victimario y yo fui la víctima; ahora cada vez que yo recuerdo la experiencia yo soy el victimario y a la vez la víctima. Yo me estoy causando dolor y soy a la vez el receptor del dolor que yo me estoy causando.  Y vuelvo a llorar, a sufrir, a deprimirme, me da dolor de cabeza, dolor de estómago, mareos, etc.
Todo esto viene como producto de una relación negativa con nosotros mismos, por eso tenemos que establecer una relación sana y positiva con nosotros mismos para entender que eso ya pasó. Y que si ya pasó ya no es real excepto la realidad que le damos con nuestro pensamiento.  Tenemos que saber que lo único real es el aquí y el ahora. Y aquí y ahora podemos establecer una relación fructífera y positiva con nosotros mismos. Elijo conscientemente con la ayuda de Dios traer pensamientos sanos a mi mente y renunciar a pensamientos negativos.  Si en el recuerdo, mi padre abusó de mi, elijo conscientemente traer recuerdos positivos con mi padre. O elijo verlo como un hijo de Dios haciendo lo mejor que pudo en aquel momento o elijo visualizarlo de alguna u otra que sea sana o constructiva. Elijo usar el poder de mi mente de manera constructiva.
“Perdona para que seas perdonado” significa que perdonando a ese victimario que traes en tu recuerdo, te perdonas a ti mismo y perdonándote a ti mismo te liberas del sufrimiento que tú mismo te causas cada vez que recuerdas esa experiencia negativa. Se trata de ti y solo de ti.  Y al fin y al cabo, ¿quién es el victimario y la víctima? Tú mismo. Mientras mantengas trayendo a tu mente experiencias dolorosas del pasado estás en cautiverio y necesitas perdonar, y tienes que perdonar por tu propio bienestar personal, por tu propia salud.   Perdonar es sanar. Al sanar liberamos todo ese sucio que nos trae el rencor, el enojo, y el odio; y sale a relucir el diamante que somos.
El primer gran paso en este proceso sanador es tomar la responsabilidad de comenzar a perdonar. Es aceptar que tenemos que perdonar y dejarnos de hacernos los desentendidos. Muchos decimos “a eso no fue nada, nadie es perfecto” pero por dentro sentimos, de enojo, odio y rencor.   Busca la verdad y la verdad es que puedes sanar perdonando. Esto requiere que desarrolles una relación positiva contigo mismo por medio de tus pensamientos. Esto ayuda a elevar nuestra autoestima. Recuerda que lo que uno piensa el cuerpo lo siente.  
Haz las paces con los personajes y protagonistas de tus recuerdos, haz las paces contigo mismo.
Para esto tienes que dejar de juzgar y criticar. Para esto tienes que amar y perdonar.
Dios te bendice si sabiendo estas cosas las haces. ¡Amén!
Meditemos…

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